Gabriel Rodríguez Pellecer, Venganza, 2012.


DESDOBLAMIENTO

Rafael Romero



A veces me da por imaginarme que estoy embarazado y que doy a luz a un niño prematuro que se debate entre la vida y la muerte. El pediatra me recomienda triplicar los esfuerzos para que sobreviva. Que sienta su pecho, pégueselo al pecho, me dice, y amamántelo, que no pase hambre. Estoy sentando en esta silla y veo el rostro del niño, sombrío y enjuto, que es como un calco del mío hace ya una veintena de años, y sé que no va salir adelante, que en el estado en el que me encuentro no voy a poder mantenerlo vivo. Entonces cierro los ojos y deseo que mi mente se vacíe, que las luces se apaguen, que desaparezca el niño, y yo, y lo poco que me rodea. Acto seguido, me reprendo. Entonces abro un poco la ventana y observo. Me ayuda ver hacia afuera.

No debería martirizarme de esa forma y eso es lo que me digo a mí mismo. Pero no es mi culpa. Son esas tardes ligeramente oscuras, cuando llueve como si no hubiera mañana y parece que algo triste se avecina. O quizá sólo sea la pena de estarme viendo los pies, deformes e hinchados de tristeza. Allí se acumula toda. Es un decir poético para disimular una debilidad física: mi apatía. Una apatía triste y dolorosa. Cuando llueve, siento que mis pies se recargan y se entumecen por el frío. Soy incapaz de salir a la calle y de dirigirle la palabra a nadie.

Si paso mucho tiempo sentando o sin moverme, un dolor bestial me sube de los pies a la cabeza. Sopeso que lo que debería hacer es volver a la cama, acostarme y colocar los pies en la pared para que la tristeza se redistribuya por todo el cuerpo y, además del calor de unas medias gruesas, mis pies se descongestionen y el dolor desaparezca. Pero estoy en mi cuarto, casi adherido a la única ventana de la casa que da a la calle. Es como un imán que me retiene. Cada vez que veo al exterior y sé que debo regresar a la cama debido a mi dolencia, siento un miedo terrible de no volver a ver otra vez esa luz, ahora envuelta en neblina y en llovizna, que me confirma que hay vida afuera. Es un consuelo, la ventana.

Ayer vi por última vez al hombre del portal de enfrente. Dos semanas estuve pendiente de él y de su silla de ruedas. Aparte de mis pies, su estampa y su estado son lo más triste que he visto en mi vida. El portal está inhabilitado, vacío, sin un alma. Sólo hay grandes pórticos con puertas negras y ventanas clausuradas con balcones de barrotes coloniales. Un largo corredor con columnas de madera y una gran superficie de concreto enfrente, sirviendo de un parqueo que jamás se ha utilizado. No podría precisar cuántas horas pasé observándolo desde mi ventana; pero sé que fueron muchas como para admirar su soledad y su desgracia. Nadie, absolutamente nadie, en lo que a mí concierne, se acercó nunca a él para bajarlo del corredor y llevarlo a la plaza. Nadie, absolutamente nadie, se acercó nunca a él para saludarlo, para ofrecerle un cigarro o para hablar de lo que hablamos todos. Allí estaba, sentado en su eterna silla de ruedas, solo, acompañado de bolsas plásticas en donde supongo que guardaba sus pertenencias, viendo cómo el cielo se deshacía en lluvia. Por momentos se paseaba, sin alejarse demasiado, quizás desesperado por llamar la atención o simplemente por el aburrimiento de contemplar siempre el mismo paisaje y de estar en el mismo lugar durante horas y días. Se le podía ver la resignación como una aureola alrededor de su encorvado cuerpo. Hasta mi ventana viajaba su silencioso sufrimiento. Al igual que yo, desde mi ventana, estaba preso en ese corredor y a nadie parecía importarle.

A las cinco o seis de la tarde, las parejas y las gentes que salían del trabajo pasaban frente a mí y frente a él por la calle, pero parecían ir escondidos bajos sus paraguas y no se percataba de que en el portal, o detrás de mi ventana, hubiera alguien. Allá, en el fondo, entre dos columnas posiblemente apolilladas y cubiertas de telas de araña, estaba él, quieto, con la mirada atenta, observándolos, indagándolos, hasta que desaparecían. Las horas pasaban y la noche lo obligaba a ubicarse en el pórtico en donde pernoctaba y esperaba a que amaneciera. Sin embargo, llegué a pensar que tampoco a él le interesaba mucho largarse a la plaza o recorrer algunas calles como cualquier otro incapacitado solía hacerlo, ya fuera por necesidad, paseo o indigencia. El portal era su lugar como para mí lo era la ventana.

Hoy a primera hora de la mañana, sin saber su nombre ni su procedencia, vi a los bomberos cubrir su cadáver con una camilla a la espera del que el juez de turno apareciera para los respectivos trámites. Entonces el portal no parecía un sitio sucio y abandonado. La lluvia no impidió que un buen número de curiosos y de vecinos se acercaran a ser partícipes del suceso. Malditos. Querían contemplar la sangre en los barrotes del balcón de una de las ventanas en la que aquel extraño, quizás en la madrugada, se había estrellado una y otra vez en pleno ataque de desesperación y melancolía. Querían cerciorarse de que su frente estuviese destrozada y contemplar su muerte. Querían sentirse mal por lo ocurrido y enterarse del detalle más preciso sobre la vida y la desgracia de aquel hombre. Querían ser parte de la desgracia, pero sólo por fuera, por morbo, como siempre. Yo ya no quise pensar nada ni observar nada. Cerré la ventana, pero no me levanté de la silla. No volví renqueando a mi cama. No recosté los pies en la pared para que la tristeza se me extendiera por todo el cuerpo hasta que el dolor desapareciera. No lo hice. Me quedé ahí, sintiendo cómo el dolor tardaba mucho, muchísimo en anestesiarme. Era el mejor tiempo para hacerlo: era casi un deber: era la manera de sentirme menos cruel y menos despreciable.




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Arte: Gabriel Rodríguez Pellecer, Venganza, 2012.

Letras: Rafael Romero. "Desdoblamiento" (2004).

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