Carolina Caycedo, How to Obtain a British Passport, 2003.

EL CERDO BURGUÉS

Liliana V. Blum


Estoy en una banca, en la plaza, debajo de un gran ficus lleno de urracas. Miro el reloj de una iglesia cercana. Se supone que espero al hombre con el que Moira me citó. Veo hacia todas partes y no encuentro qué hacer con mis manos. Si al menos hubiera traído un libro, un periódico, no me sentiría tan estúpida. Yo hubiera preferido pasar la tarde con ella en casa, con alguna película, pero terminé por aceptar porque aquello parecía hacerla muy feliz. Moira se entregó con todo su espíritu a la tarea de encontrarme un galán, como dice ella.
En realidad no es la primera vez que me arregla una cita infructuosa con algún amigo suyo. Es inevitable que lo haga cuando ella estrena un nuevo interés amoroso, como digo yo. Le resulta incómoda la falta de simetría en nuestras vidas; los números nones no van bien con Moira. Cuando ella está libre, mi disponibilidad y mi soltería no son un problema.
Pienso cómo por años me rebelé ferozmente contra la obsesión de mi madre por verme convertida en una señora casada y ahora sucumbo ante el celestinaje de Moira. Veo un hombre que aparece en el opuesto extremo de la plaza luego de doblar la esquina y que comienza a caminar en mi dirección. Desde esa distancia, vestido con pantalones de mezclilla y camisa negra, parece tener no más de veinte años. Es alto, delgado y debe cubrir más de cincuenta centímetros en cada zancada. Cuando está a unos veinte metros de mí y puedo enfocar su rostro con barba de algunos días y arracadas en los dos lóbulos, le calculo unos treinta y cinco. En el momento en que se inclina para besarme, inundándome con un olor a tabaco y sándalo, puedo ver las arrugas junto a sus ojos y situarlo al fin en el rango de los cuarenta bien entrados. Es todo un Dorian Gray del altiplano.
Después del beso me pregunta si mi nombre es Noelia. Tiene el cabello salipimienta casi rapado, una salida digna a la inminente calvicie. Yo asiento y él se presenta entonces. Después de pronunciar su nombre, dice “servidor” con un cierto aire entusiasta. Si fuera moreno y de baja estatura y con acento capitalino no podría salir airoso con aquel sustantivo. Pero está claro que sabe que puede y esa altivez me relaja un poco. Bajo la vista y me encuentro con los dedos de sus pies, extrañamente largos y asomándose por la abertura de las sandalias de piel.
Invítame una copa, Servidor, le digo.
No me interesa otra cosa más que pasar rápidamente las horas hasta el final de la cita. Quiero poder llegar a casa y decirle a Moira: hicimos tal y cual cosa, platicamos sobre esto y aquello, y al final quedó en llamarme. Yo sé que después de que él vea mi forma de beber, luego de escuchar mis aburridos temas de conversación, no va a querer verme jamás y Moira no podrá decir que no lo intenté.
Servidor me sonríe y me toma por el brazo. Tengo un dejavú ajeno: mi abuelo tomando justo así a mi abuela, para ir a la iglesia en un domingo nublado. Miro al hombre junto a mí y admito que es muy atractivo. Tiene la quijada angulosa, la sombra de una barba, y pestañas muy rizadas alrededor de los ojos intensos. Yo desconfío de los hombres guapos: todo lo bueno de la vida, sus placeres, las cosas superficiales, les llegan con demasiada facilidad. Caminan así, igual que Servidor, orgullosos de algo en lo que no tuvieron ninguna responsabilidad personal. Simple lotería genética, coincidencia con el canon de belleza de un cierto tiempo y lugar. No más.
Llegamos a un sitio que se llama El Cerdo Burgués, donde uno se puede tomar un café o cualquier tipo de alcohol. Las paredes están tapizadas de cuadros abstractos de artistas locales. Los clientes allí dentro son meros arquetipos: cabello largo con brillo de grasa, playeras negras con algún cráneo o la imagen del Che, herrajes en las cejas, narices, orejas, ombligos, un pin con un yunque y una hoz. Hay libreros con best sellers amarillentos y antiguos, probablemente las sobras de algún norteamericano que vino a morir a México. Los jóvenes platican con movimientos contundentes; conspiradores, se reclinan hacia delante en las pequeñas mesas, fumando. Otros leen El capital de Marx, el ¿Qué hacer? de Lenin, o alguna biografía idealizada de Castro, mientras escuchan música en sus iPods, golpeando el suelo como conejos con sus Converse originales.
Servidor ordena un whisky en las rocas y yo pido una piña colada. La última vez que bebí una fue con Moira en una playa, el verano posterior a su graduación, cuando el cáncer de piel y las arrugas no entraban dentro de nuestras listas de preocupaciones. La chica que nos atiende tiene unos ojos maquillados como un oso panda, labios pintados de negro y un piercing en la nariz que parece una gran verruga. Lleva un gafete que informa que su nombre es Poppy.
Gracias, Poppy, dice Servidor y ella lo mira como si de pronto hubiera perdido gran parte de sus funciones cerebrales. Ése es el peligro de los hombres guapos con un mínimo de modales. Si no viniera conmigo, estoy segura de que Poppy lo seguiría hasta el fin del mundo.
Soy una cerda burguesa, le digo a Servidor mientras levanto mi piña colada y sorbo con todas mis fuerzas a través del popote hasta que se me congela el cerebro.
Si esperaba una pequeña revolucionaria, Servidor va a llevarse una gran desilusión. Pero él dice salud y choca su vaso con el mío, sonriente.
Normalmente no me fijo en lo que la gente lleva puesto, pero hoy quiero ser detestable. Observo sin discreción a Servidor, con su camisa de cuello Mao abotonada hasta arriba. Él se da cuenta y cruza los brazos sobre la mesa, inclinándose hacia mí. Huele a sándalo y nicotina. Me dice como susurrando:
La inteligencia de un hombre es exactamente proporcional al número de botones abrochados.
Me río, muy a mi pesar. Pienso en uno de los exnovios de Moira que llevaba la camisa abierta casi hasta el ombligo para poder mostrar los pectorales y las cadenas de oro. Era dueño de varios ranchos y estoy segura, de ningún libro. Luego me viene a la mente mi padre, con su camisa impecable y casi siempre con corbata. Lo cierto es que la bondad nada tiene que ver con los botones.
Servidor me deja probar su bebida y hago como si fuera lo peor que he bebido. Él no lo toma a ofensa y mientras enciende un Camels, me dice que es poeta. Supongo que cuando alguien hace una confesión así, lo propio es pedirle que recite algo de su autoría, o al menos preguntarle qué libros ha publicado y si se pueden conseguir. Pero ya he hecho bastante por consentir los caprichos de Moira.
Leí en alguna parte que un camello mató a su ama de cincuenta y tantos años, porque quería aparearse con ella, le digo esperando ganarme su animadversión.
Servidor cierra el Zippo con un golpe metálico que engulle la flama y luego inhala profundamente. Deja que el cigarro le cuelgue del labio y se acerca para quitarme un mechón rojo de la cara.
Moira habló muy bien de ti, pero no dijo que fueras tan divertida.
Soy la mujer más aburrida de todo el mundo. Sólo tengo un par de expresiones en la cara: de enorme fastidio y de fastidio regular. Y las pecas, como de plátano maduro. Servidor tiene los dientes amarillos, pero perfectamente alineados. Supongo que para mí, eso es poesía. Pedimos las rondas necesarias para llegar al estado de ebriedad óptimo para seguir soportándonos.
Cuando dejamos El Cerdo Burgués, Servidor tiene que ayudarme para llegar hasta su Golf. Es de madrugada y llueve con fuerza, pero no podemos ir más rápido que lo que mis piernas alcoholizadas permiten. Cuando entramos al carro, los dos estamos empapados. Escucho el motor que se enciende, la voz de Servidor diciéndome que tiene ropa seca en casa, que tenemos que cambiarnos. Debería exigir que me llevara donde Moira, pero creo que no soportaría verme así, desprovista de todas mis inhibiciones. La última neurona responsable de mi cerebro, la conductora designada, opina que si voy a hacer una estupidez en el estado en que estoy, debería de llevarla al cabo con el hombre que me acompaña, y no con ella. Siento ganas de vomitar.

El humo del cigarro debe estar adherido a cada superficie del apartamento de Servidor, que a pesar del olor, resulta ser un sitio bastante agradable. Hay algunas macetas con cactus en las ventanas, muebles modernos, y muchos libreros. Desde una pecera, una gran araña nos mira entrar trastabillando, riendo por cosas que ya no recuerdo bien.
Te presento a Bettina, dice Servidor.
Yo repito ese nombre, Bettina la tarántula, y me resulta lo más cómico que he escuchado.
Antes tenía un lagarto que se llamaba Helmut, dice Servidor y se me ocurre que me habla como si de verdad me tomara en serio. No había conocido tanto respeto entre dos seres con cerebros tan dados al traste por el alcohol.
Servidor ha comenzado a quitarse la ropa. A estas horas y en estas circunstancias, parece lo más sensato, así que hago lo mismo. Se acerca y bailamos sin música, desnudos. Estoy consciente del volumen de su cuerpo, del movimiento interno y tibio, justo bajo la piel. Los músculos en movimiento, la respiración, la maquinaria entera funcionando. Me recuerda a un pequeño pájaro que se cayó de un árbol. Entre mis manos se sentía la vida, sacudiéndose con brusquedad, palpitando dentro del pequeño cuerpo, hasta que se extinguió. Lo beso e incluso lo llamo por su nombre. Me odio por ser, a fin de cuentas, sólo un cuerpo también.
Al día siguiente, me pongo la ropa todavía húmeda, con arrugas. Rechazo el desayuno y el ofrecimiento de Servidor para llevarme a casa. Insisto en que voy a tomar un taxi. Si no, ¿cómo voy a poder decirle a Moira que anoche salí con un cerdo?


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Arte: Carolina Caycedo, How to Obtain a British Passport, 2003.

Letras: Liliana V. Blum, "El cerdo burgués", inédito.

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