Hemos dejado de volar

El portero de la mezquita aguarda apoyado en el mango de una escoba. Su misión es barrer celosamente el polvo a los pies de la novia a cambio de una propina. Dicha tarea, cuya exclusividad defiende con uñas y dientes, le obliga a empujar la suciedad de un rincón a otro del portal a lo largo de la jornada conforme llegan los nuevos candidatos a la foto pero -y esto es lo esencial- sin eliminarla nunca del todo, ya que su existencia resulta indispensable al desempeño de su cometido.

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