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Queremos pensar en voz alta -en voz escrita- los temas que nos interesan. Reflexionar en el vacío acerca del tiempo que nos toca vivir, buscando una mirada y otra y otra; y cada una, contraria a la visión global, ajena a lo que se pretende uniforme, como si se pudiera pensar un mundo hecho de muchas miradas únicas.

Lo hacemos en principio porque sí, y también porque nos gusta vernos reflejados en algún lugar del espacio. Tenemos la pretenciosa intención de establecer una marca propia que intervenga en los debates ideológicos que nos atraen.

Partimos de la idea. Idea como concepto, ideas para pensar el mundo, ideas que progresan a partir de otras ideas. Ideas para leer los signos cambiantes que nos ofrece lo cotidiano y definirles un significado (un lugar en el universo de las ideas) capaz de apoyarse en aquellos discursos que amamos y entrar en conflicto con aquellos a los que nos oponemos.

Zarpamos entonces a navegar en nuestra propia sopa primordial buscando, en principio, combinaciones que nos permitan construir un mito acerca de nuestro propio origen. Esperando que alguien quiera saber de donde salimos y pueda recordarlo cada vez que nos estemos olvidando.



LA PRIMERA


Por Enrique Troncoso


En verdad este es un relato que, a esta altura, me siento condenado a repetir sin cansarme, como se repiten los rituales que te inician en algo que después va a ser importante para toda la vida, como se repite y se transforma el recuerdo de cada primera vez.
Mientras estudiaba en la facultad de medicina desarrollé un interés bien marcado por un cierto campo teórico delimitado bajo el nombre de psicosis. Recuerdo haber debatido hasta la violencia sobre el tema, incluso en pie de indigente y poco respetuosa igualdad, con algunos de los que después terminaría considerando maestros en mi profesión. Creo que asociaba a la psicosis con el lugar del oprimido por la masa social uniforme, sometido a la condena y el castigo por el solo hecho de ser diferente. Si bien algo de eso ha perdurado en mí hasta ahora, lo cierto es que yo por esa época los únicos psicóticos que conocía estaban en libros o películas y en general todos habían sido responsables de algún tipo de salto cualitativo en la historia estética de la cultura, con excepción de una ex compañera del secundario a la que veía muy poco y a la que una vez había encontrado sosteniendo una discusión acalorada con las fotos familiares del living de su casa.



Maravillosos artistas de la otredad, bellas humanidades sometidas por el yugo de la cordura, versiones trágicas de la causa de la liberación.
Lo cierto es que un buen día obtuve al fin mi título habilitante y fui a dar con mis pies (por una serie de razones que no viene al caso mencionar) a la guardia de psiquiatría de un Hospital Público de la Provincia de Buenos Aires. Estaba todavía en los inicios de mi formación práctica y por tanto para poder tomar contacto directo con un paciente debía hacerlo acompañado por el psiquiatra a cargo de la guardia, sin embargo en ese momento estaba sólo. No puedo precisar las razones por las que estaba sólo porque no las recuerdo, lo que si recuerdo eran mis intensos deseos de experimentar por cuenta propia y sin torpes miradas de terceros opresores, la fiesta del encuentro con el delirio en su desborde más brutal. La psicosis tenía y tienen para mí la textura de algo diferente de lo humano mas trivial, como un borde capaz de asomarse más allá del nucleo trágico de la naturaleza.

Ella entró corriendo por el pasillo principal del servicio de emergencias. Para cuando mis ojos la cruzaron llevaba puesta una bombacha rota, un corpiño gris bastante sucio y una camisa abrochada solo en uno de los botones de arriba. No debía tener ni 20 años, estaba embarazada. Una panza redonda como la luna llena iluminaba el ambiente con la furia de la belleza de esa morocha flaquita que se me estaba viniendo encima a la velocidad en que la llevaba el diablo. Y nada de lo que digo es metáfora.



Me paré justo frente a ella sudando frío. Al darse cuenta de mi presencia paró la carrera y se agazapó en la posición que toman los humanos cuando imitan a los felinos.


Empezó a gruñir y a tirarme manotazos, mirándome como si quisiera arrancarme el corazón a mordiscones. En ese momento llegaron por su espalda los que supuse serían sus padres .Cada uno de ellos la tomó por un brazo y ella empezó a patalear en el aire y a invocar el nombre de el maligno.
Les pedí que la llevaran hasta un ambiente donde pudiera atenderla. Había algo de suplica desesperada en los ojos de aquella pareja que arrastraba a su hija embarazada por los pasillos del hospital mientras ella los insultaba de todas las formas posibles y a los gritos .

Llegamos a una sala mas o menos grande y vacía que se usa para dar clase. Entramos los cuatro. Cuando cerré la puerta la soltaron. Ella empezó a bailar y a entonar una melodía incomprensible. Traté de averiguar los datos mínimos: tenía dieciséis años, era una de tantos hijos de la pareja, nunca le había pasado nada así, llevaba como cinco días desde que la empezaron a notar distinta, no dormía desde hacía cuatro y ahora ya no quería ni comer, solo tomar agua. Nadie conoce al padre de la criatura, ella no se lo había querido decir ni a sus hermanos. Ahora decía que su hijo era el hijo del demonio.




Les pedí que salieran y me quedé sólo con ella. Cuando terminaron de irse me dí cuenta que estaba paralizado de fascinación y de terror, cerré la puerta y di dos pasos en busca de mi asiento, me quedé clavado en la silla mirándola y tratando de respirar en forma regular. Ella empezó a aumentar el ritmo de su danza y el volumen de su melodía mientras se sacaba la camisa y el corpiño. Tuve sentimientos eróticos inespecíficos y del todo censurables, también un recuerdo muy nítido de una escena del templo de la perdición la película de Indiana Jones. De pronto rasgó la poca camisa que llevaba en varios pedazos y la tiró en el piso, puso el corpiño encima y empezó a saltar arriba de la ropa. Yo seguía congelado en mi posición sentada sin la menor idea de que hacer ni que decir convencido de que lo único que en ese momento era capaz de sostener con dignidad eran mi silencio y mi quietud. Ella me miró a los ojos y se acercó bailando y cantando “Rosa Rosa”, la canción de Sandro, hasta ponerse justo sobre mi espalda .Me apoyó una mano en el hombro y con tono sereno y hasta maternal me dijo.
-Tranquilo pibe, no pasa nada-

La memoria de mi práctica profesional quedo condenada para siempre al sonido de aquella frase.
Después me pidió una cama para irse a dormir.
Quedó internada en el servicio junto con su familia.

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HOJA CASCADA


Por Tomás Rautenstrauch





 
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